LA INQUISICIÓN




Durante la Edad Media la Iglesia católica emprendió una dura lucha contra aquellos considerados herejes. En 1209, Inocencio III lanzó una cruzada contra los Cátaros en el Sur de Francia, la ciudad de Beziers fue saqueada y más de 20.000 personas fueron asesinadas por los cruzados. Esta acción sangrienta, llevaría directamente al establecimiento de la Inquisición.

La inquisición era un tribunal permanente cuyo fin era combatir la herejía y reconciliar a aquellos que habían perdido el rumbo de la fe. Desde un principio, la tarea estuvo en manos de monjes dominicos y franciscanos, pero en realidad el inquisidor podía ser incluso un miembro de la autoridad secular. Porque, tan cerca estaban Iglesia y Estado en los tiempos medievales, que casi todos las cortes europeas eran inquisidoras.


El cuarto concilio de Laterano de 1215 estableció que los herejes no arrepentidos deberían ser excomulgados, y dejados en manos de las autoridades seculares para ser castigados. En 1217, el papa Honorio III aprobó la creación de la “Orden de los Predicadores” también conocida como los “Frailes Negros”, “Perros del Señor” (Domini Canes) o simplemente Dominicos . En 1233 se le dio a estos la tarea de administrar las cortes de la Inquisición, una tarea que realizaron con efectividad durante varios siglos. El segundo grupo de frailes que se convirtió en la médula espinal de la inquisición fue el de los Franciscanos, fundados por San Francisco de Assis en 1209.

 Al principio, los tribunales se movían por todo el continente en busca de herejes. Pero pronto se establecieron en determinados centros donde se guardaron los registros. Llegado al pueblo, el proceso se iniciaba con un discurso del inquisidor y la proclamación de una indulgencia general o “Decreto de piedad”. Durante la misma se recibían confesiones y se reconciliaba a los pecadores con la Iglesia. Luego vendría una convocatoria a todos los hombres mayores de 14 y las mujeres de 12 años para presentarse a compadecer en un determinado día.

Había dos formas de probar el pecado: la primera, era la confesión, la segunda el testimonio de testigos visuales. Dos testigos eran suficientes para lograr la plena prueba. Pero el acusado podía presentar una lista con sus enemigos, la presencia en la misma de los testificantes anulaba el proceso. La acusación era leída en latín y luego traducida. Aquellos que, habiéndose probado el crimen, persistían en negarlo; eran sometidos a prisión y eventualmente a torturas. Sin embargo, el objetivo era recuperar al pecador para la fe católica.

Los acusados de herejía debían confesar sus pecados de rodillas. El castigo consistía comúnmente en realizar peregrinajes o en una humillación pública. Lo mismo sucedía con aquellos que realizaban falsas acusaciones. Pero el castigo más común era la prisión, en ocasiones de por vida. La modalidad murus rictus implicaba confinamiento en soledad sin derecho a curaciones.

La Iglesia no podía condenar a un hombre a la pena de muerte. Por eso, aquellos que cometían los crímenes más atroces eran dejados en manos de las autoridades civiles que procedían a ejecutarlo. La pena era muerte en las llamas en un lugar público y la total confiscación de sus bienes. Si el acusado moría antes de ser ejecutada la pena, se exhumaba el cadaver y se lo quemaba. Sin embargo, la quema pública no fue un castigo tan común como se piensa.

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